domingo, diciembre 30, 2007

Cuento para ir a dormir.



Érase una vez un mundo que alguien soñó. Ese mundo no parecía muy distinto del que conocemos, en principio. Sus habitantes se levantaban, cumplían con sus quehaceres, se relacionaban entre ellos y dormían. No obstante, había algunas diferencias.

En el mundo soñado, todos los habitantes se guiaban por unos principios que cada uno establecía individualmente. Esos principios no eran los mismos para cada habitante, pero todos coincidían en el respeto a uno mismo y a los demás. Nadie osaría quebrantar sus propios principios, porque eso supondría traicionarse a sí mismo, algo impensable en el mundo soñado.

Además de principios, los habitantes del mundo soñado creían en algo. Todos. Aquello en lo que creían era lo que les impulsaba a actuar de una manera determinada, siempre cuidadosos de no quebrantar sus principios.

Pero lo más llamativo de este mundo, eran las miradas de sus habitantes. Mirar a los ojos de una de esas personas era adivinar quien era, qué pensaba. Nadie necesitaba protegerse de nadie. No había nada que ocultar. Sus miradas decían tanto que las palabras cada vez se usaban menos. Parecía que todo funcionaba de forma más fácil, y sin embargo los habitantes no eran personas simples, ni vacías.

El miedo se vencía. El dolor se soportaba. La tristeza se encauzaba hacia la belleza. La alegría se compartía. La constancia se premiaba. La injusticia se castigaba. Y la inteligencia se ejercía.

Felices sueños.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Felices sueños!!! Yo tambien te lo deseo, que bonita frase-

En fin.. no queda otra que intentar construir un pequeño mundo a nuestro alrededor que se intente amoldar a nuestro principios.

Nada modesta tarea... pero mejor que hablar de sueños