domingo, diciembre 30, 2007

Cuento para ir a dormir.



Érase una vez un mundo que alguien soñó. Ese mundo no parecía muy distinto del que conocemos, en principio. Sus habitantes se levantaban, cumplían con sus quehaceres, se relacionaban entre ellos y dormían. No obstante, había algunas diferencias.

En el mundo soñado, todos los habitantes se guiaban por unos principios que cada uno establecía individualmente. Esos principios no eran los mismos para cada habitante, pero todos coincidían en el respeto a uno mismo y a los demás. Nadie osaría quebrantar sus propios principios, porque eso supondría traicionarse a sí mismo, algo impensable en el mundo soñado.

Además de principios, los habitantes del mundo soñado creían en algo. Todos. Aquello en lo que creían era lo que les impulsaba a actuar de una manera determinada, siempre cuidadosos de no quebrantar sus principios.

Pero lo más llamativo de este mundo, eran las miradas de sus habitantes. Mirar a los ojos de una de esas personas era adivinar quien era, qué pensaba. Nadie necesitaba protegerse de nadie. No había nada que ocultar. Sus miradas decían tanto que las palabras cada vez se usaban menos. Parecía que todo funcionaba de forma más fácil, y sin embargo los habitantes no eran personas simples, ni vacías.

El miedo se vencía. El dolor se soportaba. La tristeza se encauzaba hacia la belleza. La alegría se compartía. La constancia se premiaba. La injusticia se castigaba. Y la inteligencia se ejercía.

Felices sueños.

viernes, diciembre 28, 2007

Injusticia

El sol primaveral se filtraba entre las cortinas intentando convertir la estancia en el sitio acogedor que debería ser, pero sin éxito. Era la hora de la siesta y la quietud sólo podía ser turbada por una llamada de teléfono. Era una llamada en busca de apoyo. Él lo comprendió enseguida, pero estaba sólo e indefenso. Así que él también acudió en busca de ayuda.

"Bastante mala es la vida que te espera como para que te la estropees más con tonterías "

Esa fue la respuesta que obtuvo. Ni siquiera fue acompañada de una mirada. Él no daba crédito a lo que acababa de escuchar. Intentó decir algo, pero no podía emitir ningún sonido. ¿Qué podía decir? Desde hacía tiempo, su mente no tenía la lucidez digna de la persona que él era. Pero las palabras dolían igualmente.

No supo reaccionar. O no quiso mostrar su debilidad.Probablemente fue lo segundo, porque ¿y si era verdad? Quizás le esperaba una vida llena de inevitables desgracias. Desde luego, ahora estaba en una de ellas. Quizás las desgracias podrían sucederse de tal forma en su vida hasta no poder controlar... ni siquiera su propia vida. No, no quiso mostrar su debilidad. Pero ¿tonterías? Salvar la vida del que en su día salvó la suya no era ninguna tontería, de eso estaba muy seguro.

No hizo nada. No tenía otra opción. Se limitó a esperar. Esperó hasta finalmente confirmar... lo que supo desde el primer momento.

miércoles, diciembre 05, 2007

Flores de gasolinera.




Ella está en la habitación cuando él entra en casa. Lleva tiempo esperándole. Su estado de ánimo oscila entre la pena y el rencor para dar paso a la desesperación.

Él llega silbando. Parece de buen humor. Parece. Primero entra en la cocina y saca de una bolsa una barra de pan. Después se dirige al estudio y saca un periódico de la misma bolsa. Finalmente se dirige al salón y saca lo último que le queda: un ramo de flores.

Es un ramo diferente. Las flores no son bonitas, ni siquiera llamativas. Son pequeñas y azules. Parece que se hicieron con prisa. La verdad, al mirar esas flores entran ganas de llorar. Pero son flores. Y las flores se regalan.

Ella aún no se ha molestado en bajar a saludar. Pero al cabo de un rato se decide a recibirle con resignación, dispuesta a que su rostro demuestre indiferencia. Él sigue silbando, abriendo la correspondencia. Las flores están sobre la mesa. Ella las mira y sonríe. No tiene otra opción. No se puede recibir flores sin sonreír. "¿Ya has echado gasolina?" le pregunta en tono conciliador. Él asiente y empieza a hablar de cualquier cosa como si nunca hubiera existido la tensión previa. Su voz es reconfortante, convincente, y ella decide refugiarse en ella.

Las flores ni siquiera se mencionan, pero ya lo han dicho todo. Son flores compradas en una gasolinera. Se adquieren a cualquier hora y a bajo precio, cerca de casa. No importa su belleza, sólo su condición.

Son, sin duda, las flores de la mala conciencia. Un regalo envenenado. Un regalo con trampa. Una traición.

Quizás ella lo intuye. O quizás jamás lo sospechará. Conocer la verdad es una opción al alcance de todos. Comprenderla, es una necesidad al alcance de muy pocos.

sábado, diciembre 01, 2007