sábado, agosto 16, 2008

La autodestrucción del ser humano

Nadie puede recordar cómo empezó todo. Pero un día lo hizo.

Un día empezó a corromperse y, con el paso del tiempo, se volvió parcialmente ciego. Lo suficiente para no recordar. La traición fue aumentando gradualmente. Primero hacia los demás y después hacia él mismo. Fue un proceso lento, pero intenso. Quizás no se acabe nunca.

Tal vez no fue una traición. Podría no serlo puesto que la entereza y los valores defendidos ya habían caído en el olvido años atrás. Pero la falta de memoria no aumenta la bondad.

Puede que esté escrito en la naturaleza humana. El ser humano se corrompe. No me atrevo a creer que nace corrupto.
Sólo el ser humano tiene la capacidad de convertirse en algo malo siendo algo bueno y, si es malo en origen, tiende a seguir siéndolo toda su vida.
Sólo el ser humano hace daño a los demás, queriendo o sin querer. Y también se hace daño a sí mismo. De hecho el daño que se hace a sí mismo es mucho peor que el que le puedan hacer los demás.

En definitiva, sólo el ser humano ha utilizado su capacidad de raciocinio para la destrucción.

Por todo esto no hay que olvidar que, al fin y al cabo, el ser humano es también el único ser que ha experimentado el poder,o al menos, que ha sabido de su existencia.

viernes, agosto 08, 2008

Debilidad pasajera

Recuerdo que hace casi exactamente 5 años decidí no ser una víctima y, por muy tentador que sea a veces, me reafirmo. No voy a ser una víctima, no me veo así, no me siento así y desde luego, no he recorrido todo este camino para mandarlo todo a la mierda sustituyendo unas drogas por otras de por vida a modo de consuelo. Si se puede ser fuerte para algo, se puede ser fuerte para todo. Es el tabaco lo que aporta debilidad, no su ausencia. El tabaco es un lastre, no un premio. Y lo peor de todo, el tabaco es dependencia. Eso me lo voy a tatuar en el cerebro.

jueves, agosto 07, 2008

El olor de la muerte

Encogida. Sólo tus ojos conservan el brillo de la vida.
Entumecida. Qué duro es darse cuenta de que todo se acaba.
Pequeñita. Tus sollozos te transportan a tu más remota infancia.
Luchadora. Mantienes tu dignidad hasta el último momento, ajena a ese olor que merondea en tu cuarto, intentando avisarte de lo irremediable.

Sonríe. Ha merecido la pena.